Usar la herramienta adecuada para el trabajo


Esta no es una historia sobre el Bronco. Es una historia sobre nuestra F-250 diésel y una lección sobre cuándo seguir adelante y resolver el problema por cuenta propia, y cuándo detenerse y simplemente conseguir la herramienta adecuada para el trabajo.

Antecedentes: tuvimos que mandar reconstruir la transmisión de nuestra F-250 modelo 1996 (no, no iba a hacerlo yo mismo). El mecánico inspeccionó la camioneta y descubrió que una de las rótulas delanteras estaba en mal estado. Así que me puse a desmontar el tren delantero para cambiar las cuatro rótulas y, ya que estaba en ello, decidí cambiar también los rodamientos de las ruedas.

Como algunos de ustedes sabrán, parte del proceso de desmontaje consiste en extraer el muñón del eje de la mangueta de dirección. Una tarea que, tras años de exposición a la intemperie, siempre resulta más fácil sobre el papel —en el manual— que en la realidad. Verán, en este eje (un modelo Dana), el muñón presenta un pequeño reborde que encaja a presión en la mangueta. No es gran cosa —quizás un octavo de pulgada—, pero sí lo suficiente para dar pie a las peripecias que siguieron.

Por lo general, el intrépido mecánico golpea dicho eje un par de veces con un mazo de goma y, voilà!, el eje se desprende.

Adivinen qué no sucedió, chicos.

Golpeé la pieza con un mazo de goma, luego con un martillo más pequeño y un bloque de madera (hay que usar siempre un bloque o calzo al golpear para no dañar la superficie) y después con martillos progresivamente más grandes hasta llegar a la maza pequeña. Sin resultado. Repetí el proceso, pero esta vez aplicando calor: calenté la mangueta con un soplete para intentar expandirla y que el eje saltara hacia fuera.

Así seguí durante una semana, tal vez dos. Y, todo ese tiempo, sintiéndome cada vez más frustrado tanto por el obstinado bloque de acero que tenía delante como por mi propia incapacidad para desalojarlo. Soy inteligente y capaz de hacer algo tan sencillo, verdad? Verdad?

Para terminar la historia: al final cedí ante las recomendaciones de internet y me pasé por Harbor Freight a comprar un extractor de inercia (martillo deslizante). Supongo que ya te imaginas qué pasó después, verdad? Pues acertaste: media docena de golpes con ese aparato y… ZAS! El eje cayó al suelo! Victoria! Ja, ja! He ganado, insignificante eje!

No fue hasta un par de semanas después cuando comprendí la profundidad de aquel momento y que, entre las toallas grasientas, se ocultaba una lección universal.

A menudo escuchamos en la vida que debemos “aprender a usar lo que tenemos” o que “así es como siempre se ha hecho”. La programación está especialmente llena de estas ideas: “lo único que necesitas es Vim” o “esta es la base de datos que usa nuestra empresa”. Y, en gran medida, esa sabiduría resulta acertada. Nuestra creatividad puede aflorar cuando nos enfrentamos a limitaciones, y aprender a utilizar las herramientas de las que disponemos es una habilidad valiosa.

Qué sucede, sin embargo, cuando las “herramientas que tienes” terminan siendo el obstáculo? Al enfrentarte una y otra vez al mismo problema, intentar apagar el fuego con la manguera del jardín te deja acalorado, desdichado y, a veces, incluso quemado. Muchas veces he desempeñado ese papel de bombero, solo para darme cuenta de que, si hubiera llevado la herramienta adecuada —una manguera de incendios y una boca de riego—, el problema se habría resuelto, la situación habría mejorado y yo no habría acabado agotado.

Un enfoque mejor: intenta hacerlo con las herramientas que tienes, pero ponte un plazo. Si para entonces no logras liberar el eje, detente y busca si existe una herramienta, estrategia o producto más adecuado para la tarea, y úsalo. Te ahorrarás mucho tiempo y frustración.